Te Lo Prometo

«¡Ésta vez no me voy a rendir!  ¡Ésta vez voy a poder resistirme!  ¡Ésta vez no voy a caer ante la tentación!»  Así me decía a mí mismo una y otra vez al encontrarme cara a cara con la tentación –o más bien con el pecado– que me había dominado por tanto tiempo. «¡Acuérdate que se lo prometiste a Dios!  ¡La otra vez juraste que esa era la última!  ¡Sé fuerte!», decía.

Pero luego se presentaba otra voz, una que me decía: “Una vez más. Una vez más y ya puedes dejar de hacerlo.  Sabes que quieres hacerlo.  Sólo una vez más”.  Y con esas palabras resonando en mi cabeza me dejé llevar por la tentación y otra vez pequé contra Dios.

Después me sentía inundado de vergüenza y de sentimientos de culpabilidad.  “¿Cómo es posible que la cosa que se me presentó tan agradablemente fuera tan repugnante, tan repulsiva y tan desagradable?”

Con la culpabilidad de lo que yo había hecho invadiendo mi ser me puse de rodillas para prometerle a Dios que nunca más lo iba a volver a hacer.  “Te lo prometo”.  Por algunos días cumplí con la promesa, pero en el momento menos esperado me encontré con la tentación y otra vez me habló con su dulce voz intentando seducirme.  Al escuchar su oferta me dije como en la ocasión anterior: “Sé fuerte.  No dejes que te engañe.  Acuérdate de tu promesa a Dios”. Pero era débil y me quedé sin fuerzas ante su sobrecogedor poder y una vez más volví a hacer lo que ya había hecho centenares de veces.  Después empezó de nuevo el ciclo de prometerle a Dios que iba a cambiar mi vida y que iba a dejar este pecado, pero por más sincera y profunda que fuera mi resignación, no pude, y volví a caer una y otra vez.  El pecado se había apoderado de mí y yo era su esclavo, su preso.

Quizás usted, mi querido lector, conozca de primera mano lo que estoy diciendo.  A lo mejor usted conoce bien lo que es pecar, sentir la culpa de ello, ponerse de rodillas para hacer promesas inútiles a Dios, pero al fin y al cabo usted vuelve a lo mismo.  Tal vez usted, que tiene un vicio, pueda apreciar que las siguientes palabras del Señor Jesucristo son ciertas y se aplican a usted: “De cierto, de cierto, os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, Juan 8:34.  ¿Es usted esclavo del pecado?  Si la repuesta es afirmativa, le tengo una buena noticia.  Jesucristo puede libertarlo de la esclavitud de su pecado.  Bien me acuerdo del día cuando se me cayeron las cadenas del pecado y dejé su esclavitud. Fue el mismo día que confié en Cristo como mi Salvador que Él me libertó.  Usted también puede disfrutar del perdón y libertad del pecado porque el Señor Jesucristo dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”,  Juan 8:36.

                                                                                                                                                                                                Por Jasón Wahls