¿Está preparado?

por Homero Gallegos

En septiembre de 2017 se registraron dos temblores de gran magnitud en México.  Aún cuando el país se encuentra en una las zonas sísmicas más activas del mundo, aun cuando la gente aprende y practica las instrucciones de qué hacer en caso de un sismo, estos temblores fueron más fuertes de lo usual y dejaron varias personas sin vida, edificios y caminos colapsados.  También dejaron un gran sentimiento de incertidumbre.  Muchos sobrevivientes se enfrentan a la realidad de la fragilidad de la vida y a la realidad de la muerte, temas que normalmente preferimos evitar. En este breve artículo queremos responder a la siguiente pregunta: ¿dónde pasará la eternidad?  Lo haremos en base a lo que la Biblia dice, ilustrando algunos detalles con los eventos del sismo.

Como mencionamos antes, México está en una zona propensa a los sismos. Los niños en las escuelas recitan instrucciones de qué hacer en caso de sismos, los edificios cuentan con carteles prominentes con instrucciones similares, se hacen simulacros regulares al respecto. La gente que vive en las zonas sísmicas sabe que en cualquier momento puede temblar.  Aunque no nos guste pensar en los desastres y en la posibilidad de la muerte, es importante que sepamos esto.  Usted debe saber también que un día habrá de rendir cuentas a Dios, y enfrentar un juicio por sus acciones.  Es una verdad que aparece en la Escritura, pero que la mayoría de la gente prefiere ignorar.  La Biblia advierte con anticipación al respecto: «Prepárate para venir al encuentro de tu Dios» (Amós 4:12), «está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebreos 9:27) y «todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13).

Uno podría pensar que hay ciertas cosas que están en nuestras manos para evitar ese juicio, como la religión, las buenas obras, la inteligencia o el dinero.  Pero piense cómo los terremotos no respetan género, edad, posición social, religión o educación.  Personas de todos los niveles sociales son afectados por lo destructivo de los temblores.  De manera similar, el pecado y la condenación que merecemos por nuestro pecado no respetan ninguna de estas cosas.  La Biblia dice «eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú […] Mas sabemos que el juicio de Dios […] es según verdad.  ¿Y piensas esto, oh hombre […] que tú escaparás del juicio de Dios? […] No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.» (Romanos 2 y 3).  De acuerdo con la Biblia, todos somos pecadores, y todos merecemos la condenación de Dios

En particular, pensemos en lo que nuestros esfuerzos pueden hacer por salvarnos.  Los terremotos nos enseñan acerca de nuestra debilidad.  A pesar de los esfuerzos por construir edificios más fuertes, de preparar a la gente por medio de simulacros, de contar con alarmas sísmicas, los temblores de gran magnitud nos indican que ante las fuerzas de la naturaleza somos muy muy pequeños.  De manera similar, nuestros esfuerzos por conseguir la salvación, el acceso al cielo, son muy muy pequeños delante del Dios santo y perfecto.  La Biblia dice al respecto que «todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia» (Isaías 64:6).

¿Cómo nos preparamos entonces?  Déjeme dar una ilustración.  A causa de los sismos que mencioné al principio, muchos edificios se derrumbaron, dejando a personas vivas atrapadas entre los escombros. Equipos de rescatistas, profesionales y voluntarios rápidamente fueron a trabajar para localizar a las personas y sacarlas con vida de ser posible.  De la misma manera, el Señor Jesús dijo que Él, «el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45) y más adelante la Escritura dice que «Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos» (Romanos 5:6).  Ahora, los rescatistas tuvieron limitaciones, y a pesar de la gran voluntad que demostraron no pudieron rescatar a algunas personas.  En cambio, en cuanto a la salvación por el pecado, el Señor Jesucristo tuvo la voluntad de dar su vida por nosotros y tiene la capacidad de salvar del pecado.  La Biblia dice que Cristo «por cuanto permanece para siempre» (es decir, por su resurrección) «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios» (Hebreos 7:25).  Por su muerte en la cruz y por su resurrección y ascención Cristo llevó a cabo toda la obra que era necesaria para remover el pecado y para impartir la justicia que nos falta para poder ser salvos.  Es interesante que ambos eventos, la muerte y la resurrección estuvieron acompañados de temblores.  «Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron» (Mateo 27:50,51).  «Hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre
ella.» (Mateo 28:2).

La salvación que logró el Señor por su muerte y resurrección es accesible a todos.  La Biblia dice: «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).  Es gratuita, es inmerecida.  No es por obras, por religión, por ritos, por tradiciones, por lazos familiares o posición social.  Piense de nuevo en los rescatistas.  No me imagino que hayan hecho distinción diciendo: «¿Es de tal religión? ¿No?  Disculpe, no lo vamos a salvar».  El rescate fue gratuito, y no basado en los méritos de las personas atrapadas.  De la misma manera Dios dice que la salvación es «gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3:24), y que somos «salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8,9).

Por último, aunque el Señor Jesucristo ya hizo todo lo que era necesario para perdonar el pecado en la cruz, hay un ingrediente de responsabilidad personal: aceptar el regalo o rechazarlo.  Una persona atrapada en los escombros podría negarse a ser salvada.  Podría intentar con todas sus fuerzas salir de donde está atrapado.  Podría decir: «yo prefiero quedarme aquí, con mis parientes, con mis tradiciones, con mis posesiones».  ¿Notó cómo los versículos que hablan de la salvación hablan de la fe? «todo aquel que en él cree», «por medio de la fe».  Básicamente las personas que no son salvas o no creen en Dios, o no creen que sean tan pecadoras que merezcan condenación, o creen que sus esfuerzos pueden salvarlos.  Pero eso es como pensar que México no está en una zona sísmica, o que aunque haya temblores no nos va a tocar a nosotros por ser buenos, o que podemos
rescatarnos a nosotros mismos en caso de emergencia.  Los que reconocen su pecado, la condenación que éste implica, su incapacidad para salvarse y creen que el Señor Jesús hizo lo necesario para que sean salvos son los que aceptan el regalo de Dios de la salvación por medio de la fe.

Los terremotos no se pueden predecir con suficiente anticipación.  Las alarmas sísmicas detectan temblores con menos de un minuto de anticipación.  A pesar del conocimiento científico que se tiene en el presente, es imposible saber con mayor anticipación si viene un temblor.  De manera similar, hay muchas cosas que nosotros no podemos anticipar, como el día de nuestra muerte, o el día cuando Cristo venga y ya no tengamos oportunidad de ser salvos.  No espere.  Prepárese para el encuentro con Dios.  Si acepta el regalo de la salvación de Dios, pasará la eternidad con Él.  Si no, nada más lo puede salvar, y sólo le queda «una horrenda expectación de juicio», porque «horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo» (Hebreos 10:27,31).

Crea en el Señor Jesucristo, y sea salvo.